Nunca es largo el camino que conduce a la casa de un amigo.
Juvenal.
Juvenal.
Hoy es un día extraño: el silencio se ha apoderado por completo de la Prisión. Ni siquiera se oye el zumbido de las moscas. Nadie se atreve a hablar, nadie dice nada, nadie parece habitar el viejo edificio, nadie parece transitar por las galerías. Todos, carceleros e internos, parecen descansar del alboroto nocturno: algo muy gordo se traen entre manos. Otra vez se suspenderán las visitas de forma indefinida.
Ha habido “jaleo” en el pabellón de los vascos y los del FRAP. Siempre que hay problemas, siempre que hay ruido, siempre que no obedecemos como corderos, entra la Guardia Civil y… anoche entró. Y, lo que es peor, se quedó toda la noche. No es buena señal. José Luis, el buen carcelero, como cariñosamente le llamo, me ha contado a regañadientes que Franco quiere fusilar a ocho militantes del FRAP y a tres más de ETA, entre los que están Baena y Sanz, a los que conocí hace años, en una de esas reuniones clandestinas que hacíamos los comunistas. Dice que se está liando muy gorda y que todos los países están presionando para que no los ejecuten. Entre ellos hay dos mujeres y están, además, embarazadas. No se augura un final feliz y cuando el final no es feliz lo acabamos pagando todos.
Y yo, que podía estar donde están ahora ellos, por mis ideas políticas, por mis ideales, por mi forma de vivir y de pensar, por mi “trayectoria profesional”, me encuentro aquí, con los presos comunes, por ladrón, por ratero, por saqueador, por cuatrero, por mangante, por “robaperas”. Estuve en el frente tres largos años, lo que duró la guerra, en el que luché como el que más, en el que me hirieron y en el que casi me matan si no llega a cruzarse en mi camino Rosa. Después acometí empresas mayores, acciones que, modestia aparte, podrían haberme convertido en un héroe. Más tarde milité en el Partido Comunista y realicé acciones subversivas, como las llamaban ellos, acciones de todo tipo, acciones de “propaganda”, sin importarme el riesgo… y, ¡qué tristeza!, todo ello para acabar como un ladrón, como un vulgar ratero, como un saqueador, como un cuatrero, como un mangante, como un auténtico “robaperas”. Esa es la verdad, eso es lo que tengo que contar, eso es lo que escribiré si esta maldita enfermedad me deja.
Mal jardinero he sido: tuve un jardín, el mejor, y no lo supe cuidar. Lleno de rosas frescas y rojas que perfumaron mi vida. No olí ni una sola vez su fragancia, no tuve tiempo. No conseguí percibir nada. Ahora, mi nariz busca desesperada un poco de esos olores perdidos, de ese perfume que me tuvo que embriagar y que ahora añoro. ¡Qué torpeza más infinita! Un ciego habría conseguido ver algo más que yo. ¿Cómo puede un ser humano no percibir que el “diario” es mucho mejor que el “mañana” casi siempre? ¿Qué velo impide apreciar las cosas cotidianas? Te tuve para regarte. Te tuve para abonarte. Te tuve para cuidarte. Me avisabas con fragancias, me llamabas con colores… Y no te olí. Nunca. Sólo me preocupé de cortarte.
No sé si es por los vascos o por los del Frap, pero desde que mataron al Almirante, desde que hicieron que su coche volara hasta el tejado, desde que se quitaron de en medio al que iba a ser – iba para ello - el sucesor del “cabrón”, no hay día que no suceda algo en la prisión. Llevamos un año de sobresalto en sobresalto, de susto en susto, de disgusto en disgusto. Franco se va a morir, va a dejarnos pronto, y no por las acciones de la “resistencia”, gracias principalmente a la edad y a la enfermedad. Pero eso no tiene mérito alguno. Así se acaba con cualquiera. El único consuelo de los que estamos entre rejas es que nos dejará más pronto que tarde, pero ni siquiera sé si lo que vendrá será mejor o peor. Está muy viejo, esa es la verdad, y hasta José Luis, mi buen carcelero, me dice que le queda muy poco, que está en las últimas… pero yo no me creo nada. Ya no estoy en edad de creer sin ver. El régimen tiene a sus peones trabajando día y noche para continuar en el poder para siempre. El régimen no cambiará de la noche a la mañana. No puede. No quiere. No sabe.
***
José Luis es mi carcelero particular. Es uno de los funcionarios que se ocupan del ala de los comunes y desde mi llegada a Prisión he podido comprobar que ha sido el único con el que todos los reclusos, sin excepción, han entablado una relación de complicidad. Puedo decir sin temor a equivocarme que conmigo ha establecido una amistad casi verdadera, una amistad que, aunque nacida y criada entre rejas, podría considerarse auténtica. Aunque es de derechas por obligación, nacimiento, educación, devoción y herencia, no es mal tipo. Siempre que mis posturas - tienden habitualmente a ello - se radicalizan me acuerdo de él, de su vida, de sus historias, de sus andanzas… y me vuelvo más humano, más cuerdo, de una manera definitiva mejor persona. En esos momentos llego a darme cuenta de que las ideologías que artificialmente hemos establecido los humanos para que gobiernen nuestras vidas, para que sujeten nuestros sentimientos, para que esclavicen nuestros pensamientos, en ningún momento pueden traspasar a los individuos considerados por entero como tales, que lo verdaderamente importante en esta vida es la amistad y la convivencia. Lo verdaderamente importante son las personas. José Luis es como yo, pero frente al espejo, donde la imagen que vemos, aunque real, simétrica y del mismo tamaño, se nos aparece contraria, donde la izquierda siempre es la derecha y viceversa. José Luis es como cualquiera de los republicanos ajusticiados por los fascistas, pero en el espejo. A él le ajusticiaron los republicanos y, sin embargo, consiguió seguir siendo buena persona y no guardar rencores – por lo menos no los transmite -.
José Luis Moratín es manchego de nacimiento y rico – lo era - por cuna. Su pecado fue el de nacer y vivir en Ciudad Real, roja y más que roja casi hasta el final de la guerra. Su padre era un adinerado comerciante que fue detenido por la milicia por eso, por las dos cosas, por ser comerciante y por ser adinerado. De nada le valió haber ayudado siempre a los demás, de nada le valieron sus preocupaciones por el bienestar del prójimo, de nada le valió haber actuado siempre como un buen vecino. Uno de sus empleados, acaso el más favorecido – desgraciadamente suele ocurrir así en la historia de las traiciones -, fue el primero, cartuchera en cintura y fusil en hombro, en ir a detenerle, en ir a por él. Un día fue a verle y le dijo que le diera la radio, la que reposaba, y él lo sabía, en el mueble del comedor, que la necesitaban en la sede, que era imprescindible para las labores de guerra y contraespionaje. Y se la dio. Al día siguiente volvió, esta vez con su cuadrilla, pero no querían ningún objeto de la casa, le querían a él, al rico comerciante, al adinerado propietario. Y se lo llevaron preso. Durante dos años le sacaron, un día sí y otro también, cada amanecer, de su encierro para fusilarle. Es cierto que nunca lo hicieron, pero el daño psicológico que le infligieron fue peor: perdió – acaso lo más importante - la cordura y nunca se recuperó. Entretanto, José Luis fue reclutado por el Frente Popular y obligado a luchar en la guerra con la llamada Quinta del biberón, llamada así por la edad de sus integrantes. Desde los dieciséis años pegando tiros en el bando equivocado para que no mataran a su progenitor. Desde la juventud con una losa en su cabeza que ya nunca podría quitarse. Tuvo oportunidades para cambiar de línea, sólo tenía que correr unos cuantos metros en la noche y marcharse con los suyos, pero el cautiverio de su padre, con las represalias que pudiera conllevar su deserción, lo impidió. A pesar de todo, cuando acabó la guerra y aunque los vencedores cotejaron con fidelidad su testimonio y ciento un testigos aseveraron los hechos, le hicieron cumplir en penitencia un largo servicio militar en el bando nacional: Tetuán, Tanger y Melilla fueron su destino durante tres largos años, donde tuvo que demostrar su amor verdadero por la bandera nacional, el ejército y los nuevos ideales nacionales.
¡Maldigo la hora en que decidí vender mi alma al diablo! ¡Maldigo mi vida, la que tuve, la que no tuve, la que perdí por no aprovechar ni una de las oportunidades que se me brindaron! ¡Maldigo el dinero, el que me gasté para los demás y no guardé para mí! ¡Maldigo a los hombres que me condujeron hasta aquí!
Escribo letras con sangre mal recibida, letras de horror en papeles blancos, letras con muerte anunciada, letras sin vida anterior, letras vacías de amor, letras escritas con balas. Cuando menos, el hijo que nunca tuve no sufrirá las consecuencias de mi mala cabeza. No sentirá pena por ver a su padre encerrado entre rejas. No sentirá rabia por ver los harapos que cubren la gloria de su imposible progenitor.
