noviembre 17, 2006

7.- EL ENCIERRO -II-



Nunca es largo el camino que conduce a la casa de un amigo.
Juvenal.





Hoy es un día extraño: el silencio se ha apoderado por completo de la Prisión. Ni siquiera se oye el zumbido de las moscas. Nadie se atreve a hablar, nadie dice nada, nadie parece habitar el viejo edificio, nadie parece transitar por las galerías. Todos, carceleros e internos, parecen descansar del alboroto nocturno: algo muy gordo se traen entre manos. Otra vez se suspenderán las visitas de forma indefinida.


Ha habido “jaleo” en el pabellón de los vascos y los del FRAP. Siempre que hay problemas, siempre que hay ruido, siempre que no obedecemos como corderos, entra la Guardia Civil y… anoche entró. Y, lo que es peor, se quedó toda la noche. No es buena señal. José Luis, el buen carcelero, como cariñosamente le llamo, me ha contado a regañadientes que Franco quiere fusilar a ocho militantes del FRAP y a tres más de ETA, entre los que están Baena y Sanz, a los que conocí hace años, en una de esas reuniones clandestinas que hacíamos los comunistas. Dice que se está liando muy gorda y que todos los países están presionando para que no los ejecuten. Entre ellos hay dos mujeres y están, además, embarazadas. No se augura un final feliz y cuando el final no es feliz lo acabamos pagando todos.


Y yo, que podía estar donde están ahora ellos, por mis ideas políticas, por mis ideales, por mi forma de vivir y de pensar, por mi “trayectoria profesional”, me encuentro aquí, con los presos comunes, por ladrón, por ratero, por saqueador, por cuatrero, por mangante, por “robaperas”. Estuve en el frente tres largos años, lo que duró la guerra, en el que luché como el que más, en el que me hirieron y en el que casi me matan si no llega a cruzarse en mi camino Rosa. Después acometí empresas mayores, acciones que, modestia aparte, podrían haberme convertido en un héroe. Más tarde milité en el Partido Comunista y realicé acciones subversivas, como las llamaban ellos, acciones de todo tipo, acciones de “propaganda”, sin importarme el riesgo… y, ¡qué tristeza!, todo ello para acabar como un ladrón, como un vulgar ratero, como un saqueador, como un cuatrero, como un mangante, como un auténtico “robaperas”. Esa es la verdad, eso es lo que tengo que contar, eso es lo que escribiré si esta maldita enfermedad me deja.


Mal jardinero he sido: tuve un jardín, el mejor, y no lo supe cuidar. Lleno de rosas frescas y rojas que perfumaron mi vida. No olí ni una sola vez su fragancia, no tuve tiempo. No conseguí percibir nada. Ahora, mi nariz busca desesperada un poco de esos olores perdidos, de ese perfume que me tuvo que embriagar y que ahora añoro. ¡Qué torpeza más infinita! Un ciego habría conseguido ver algo más que yo. ¿Cómo puede un ser humano no percibir que el “diario” es mucho mejor que el “mañana” casi siempre? ¿Qué velo impide apreciar las cosas cotidianas? Te tuve para regarte. Te tuve para abonarte. Te tuve para cuidarte. Me avisabas con fragancias, me llamabas con colores… Y no te olí. Nunca. Sólo me preocupé de cortarte.


No sé si es por los vascos o por los del Frap, pero desde que mataron al Almirante, desde que hicieron que su coche volara hasta el tejado, desde que se quitaron de en medio al que iba a ser – iba para ello - el sucesor del “cabrón”, no hay día que no suceda algo en la prisión. Llevamos un año de sobresalto en sobresalto, de susto en susto, de disgusto en disgusto. Franco se va a morir, va a dejarnos pronto, y no por las acciones de la “resistencia”, gracias principalmente a la edad y a la enfermedad. Pero eso no tiene mérito alguno. Así se acaba con cualquiera. El único consuelo de los que estamos entre rejas es que nos dejará más pronto que tarde, pero ni siquiera sé si lo que vendrá será mejor o peor. Está muy viejo, esa es la verdad, y hasta José Luis, mi buen carcelero, me dice que le queda muy poco, que está en las últimas… pero yo no me creo nada. Ya no estoy en edad de creer sin ver. El régimen tiene a sus peones trabajando día y noche para continuar en el poder para siempre. El régimen no cambiará de la noche a la mañana. No puede. No quiere. No sabe.



***



José Luis es mi carcelero particular. Es uno de los funcionarios que se ocupan del ala de los comunes y desde mi llegada a Prisión he podido comprobar que ha sido el único con el que todos los reclusos, sin excepción, han entablado una relación de complicidad. Puedo decir sin temor a equivocarme que conmigo ha establecido una amistad casi verdadera, una amistad que, aunque nacida y criada entre rejas, podría considerarse auténtica. Aunque es de derechas por obligación, nacimiento, educación, devoción y herencia, no es mal tipo. Siempre que mis posturas - tienden habitualmente a ello - se radicalizan me acuerdo de él, de su vida, de sus historias, de sus andanzas… y me vuelvo más humano, más cuerdo, de una manera definitiva mejor persona. En esos momentos llego a darme cuenta de que las ideologías que artificialmente hemos establecido los humanos para que gobiernen nuestras vidas, para que sujeten nuestros sentimientos, para que esclavicen nuestros pensamientos, en ningún momento pueden traspasar a los individuos considerados por entero como tales, que lo verdaderamente importante en esta vida es la amistad y la convivencia. Lo verdaderamente importante son las personas. José Luis es como yo, pero frente al espejo, donde la imagen que vemos, aunque real, simétrica y del mismo tamaño, se nos aparece contraria, donde la izquierda siempre es la derecha y viceversa. José Luis es como cualquiera de los republicanos ajusticiados por los fascistas, pero en el espejo. A él le ajusticiaron los republicanos y, sin embargo, consiguió seguir siendo buena persona y no guardar rencores – por lo menos no los transmite -.


José Luis Moratín es manchego de nacimiento y rico – lo era - por cuna. Su pecado fue el de nacer y vivir en Ciudad Real, roja y más que roja casi hasta el final de la guerra. Su padre era un adinerado comerciante que fue detenido por la milicia por eso, por las dos cosas, por ser comerciante y por ser adinerado. De nada le valió haber ayudado siempre a los demás, de nada le valieron sus preocupaciones por el bienestar del prójimo, de nada le valió haber actuado siempre como un buen vecino. Uno de sus empleados, acaso el más favorecido – desgraciadamente suele ocurrir así en la historia de las traiciones -, fue el primero, cartuchera en cintura y fusil en hombro, en ir a detenerle, en ir a por él. Un día fue a verle y le dijo que le diera la radio, la que reposaba, y él lo sabía, en el mueble del comedor, que la necesitaban en la sede, que era imprescindible para las labores de guerra y contraespionaje. Y se la dio. Al día siguiente volvió, esta vez con su cuadrilla, pero no querían ningún objeto de la casa, le querían a él, al rico comerciante, al adinerado propietario. Y se lo llevaron preso. Durante dos años le sacaron, un día sí y otro también, cada amanecer, de su encierro para fusilarle. Es cierto que nunca lo hicieron, pero el daño psicológico que le infligieron fue peor: perdió – acaso lo más importante - la cordura y nunca se recuperó. Entretanto, José Luis fue reclutado por el Frente Popular y obligado a luchar en la guerra con la llamada Quinta del biberón, llamada así por la edad de sus integrantes. Desde los dieciséis años pegando tiros en el bando equivocado para que no mataran a su progenitor. Desde la juventud con una losa en su cabeza que ya nunca podría quitarse. Tuvo oportunidades para cambiar de línea, sólo tenía que correr unos cuantos metros en la noche y marcharse con los suyos, pero el cautiverio de su padre, con las represalias que pudiera conllevar su deserción, lo impidió. A pesar de todo, cuando acabó la guerra y aunque los vencedores cotejaron con fidelidad su testimonio y ciento un testigos aseveraron los hechos, le hicieron cumplir en penitencia un largo servicio militar en el bando nacional: Tetuán, Tanger y Melilla fueron su destino durante tres largos años, donde tuvo que demostrar su amor verdadero por la bandera nacional, el ejército y los nuevos ideales nacionales.


¡Maldigo la hora en que decidí vender mi alma al diablo! ¡Maldigo mi vida, la que tuve, la que no tuve, la que perdí por no aprovechar ni una de las oportunidades que se me brindaron! ¡Maldigo el dinero, el que me gasté para los demás y no guardé para mí! ¡Maldigo a los hombres que me condujeron hasta aquí!

Escribo letras con sangre mal recibida, letras de horror en papeles blancos, letras con muerte anunciada, letras sin vida anterior, letras vacías de amor, letras escritas con balas. Cuando menos, el hijo que nunca tuve no sufrirá las consecuencias de mi mala cabeza. No sentirá pena por ver a su padre encerrado entre rejas. No sentirá rabia por ver los harapos que cubren la gloria de su imposible progenitor.




noviembre 10, 2006

6.- EL ORO




Los grilletes de oro son mucho peor que los de hierro

Mahatma Gandhi





Había que trazar un plan. Sabían que el oro se encontraba en un nicho del cementerio del pueblo. Pero ¿en cuál? La misión se hacía harto difícil y habría que pensar muy pronto en algo que les llevara hasta el lugar donde se encontraba. Tenían poco tiempo. La amenaza de saberse reconocidos por alguien del lugar pesaba como una losa sobre ellos. Sopesaron varias posibilidades. La primera fue la de reventar todas las tumbas que fueran posibles hasta dar con el oro. Rápidamente fue desechada. La acción tendría que desarrollarse en una sola noche y, por lo tanto, disponían de poco tiempo. Eso estaba claro: una sola noche de trabajo equivalía a una vida sin sufrimientos. Si no lo encontraban, los daños del cementerio serían palpables para cualquiera que pasara por allí a la mañana siguiente y no podrían volver a por él. Por desgracia, los cementerios del país eran lugares muy visitados, extrañamente concurridos, eran lugares en los que, por culpa de la guerra y sus muertes, siempre había alguien, para llorar a los ausentes, para llevar flores, para limpiar, para rezar, para pasar el rato, para que ellos no se llevaran el tesoro… La vigilancia haría imposible el regreso. Además, habría cientos de tumbas y ni siquiera sabían, ni por aproximación, por dónde empezar.


Otra posibilidad era la de volver al bosque y buscar a Balich. Él sí sabía en qué lugar estaba el oro. O por lo menos eso decía, de eso presumía. Pero sólo Dios sabría donde estaba ya. Desde que Pablo volvió al campamento del bosque y lo encontró vacío no habían vuelto a saber nada de él. Además, si vivía, estaría preparando también con Korrone, Zorro y su cuadrilla un plan para sacar el oro por su cuenta. Si ellos llegaban antes, puede que no lo quisieran compartir. Puede que sí. Es fácil compartir algo que no se tiene, pero cuando llega a nuestro poder es mucho más difícil dividirlo, repartirlo y soltarlo. Lo único cierto es que Balich se sentía heredero directo del secreto y pensaba que nadie tenía más derecho que él a poseerlo y bastante hacía con compartirlo. De eso no cabía la menor de las dudas. Pero a estas alturas también podía estar ya muerto. Podría ser… Después de muchas vacilaciones, la idea fue descartada por ser excesivamente arriesgada. En cualquier caso, tanto si Balich vivía como si no, para acometer la empresa tendrían que salir del pueblo. Si efectivamente alguien los había reconocido, les estaría esperando. Cuando salieran del pueblo serían detenidos o fusilados. O las dos cosas.


Por fin llegaron a un entendimiento: No harían nada. O cuando menos, harían creer a los vecinos que la vida no ha había cambiado. Seguirían haciendo las mismas cosas que hasta ahora, como si no hubieran recibido la nota, como si nadie les hubiera sentenciado a muerte, por muy duro que pareciera. Rosita seguiría yendo a trabajar con el médico y a recoger semanalmente su ración del camión … Parecía la opción más cabal: seguirían viviendo en la casa y haciendo vida normal, si es que la vida que llevaban pudiera considerarse normal. Pero tendrían que hacer alguna cosa más, tendrían que dar los pasos necesarios para acercarse al oro y, para ello, también tendrían que acercarse al Consistorio con el único objetivo de obtener, de la manera que fuera, sin reglas, sin parámetros preestablecidos, una lista de los muertos del cementerio, una lista del padrón de fallecidos, una lista, en definitiva, que arrojara una pequeña luz sobre el lugar donde pudiera estar el tesoro, su tesoro, su salvoconducto a una vida mejor. Una vez se hubieran hecho con ella, la estudiarían detalladamente e intentarían analizar en qué lugar o bajo qué persona se enterró el oro o, para ser más exactos, el lugar de qué cadáver estaba ocupando el metal. Estaban seguros de que el sargento no habría elegido un nicho al azar, habría buscado el lugar más seguro, el mejor, tendría que haber elegido uno que le recordara algo, que le dijera un “es aquí” a su subconsciente: su apellido, la fecha de nacimiento… O que estuviera en un lugar estratégico: Parecía difícil que hubieran enterrado el cargamento en un nicho que no estuviera a ras de suelo, con lo que ab initio quedarían descartados, cuando menos, dos tercios de los huecos para buscar, si es que las construcciones, cosa que ignoraban porque nunca habían estado allí, fueran de tres alturas como era habitual y tradicional en los camposantos del país. O también podría estar bajo tierra, dentro de un panteón o debajo de un sepulcro de los que se hacen para vanagloria de los suyos los personajes distinguidos del lugar. Tendrían que hacerse con el padrón de fallecidos o el plano del cementerio. Mejor las dos cosas. Tendrían, en definitiva, que hacer amistad, con el nuevo alcalde, recién nombrado por Madrid para llevar las riendas del pueblo, Luismi de Moraes, un tipo, cuando menos singular. Tendrían que aproximarse a un individuo que, para su propio alivio, no tenía relación alguna con los demás habitantes, no era familia de nadie, no conocía nada del pueblo, que era igual de extraño para ellos como para los que habían echado la terrible nota por debajo de la puerta. Que había llegado hacía dos días y estaba, como quien dice, tomando tierra.


Rosa iba a ser la primera en intentarlo, aquella misma mañana. El médico había suspendido todas las consultas por un buen motivo: El nuevo alcalde quería conocerle personalmente y revisar las instalaciones municipales en las que atendía a los enfermos. Habían quedado a las once para presentarse adecuadamente. El médico pidió a Rosa que estuviera uniformada y presente. Pretendía dar una imagen de hospital, una imagen de consulta de ciudad, una imagen digna de las instalaciones y los que las atendían. Había que aprovechar la oportunidad, iba a presentarse, iba a visitarles, iba a comprobar que todo funcionaba correctamente, iba, en definitiva, a abrir una puerta para el acercamiento con los de la casa, aunque todavía no lo supiera. Rosa debía volcarse con él, debía acercarse a él, debía ganarse su confianza a cualquier precio. ¿A cualquier precio? Al que hiciera falta, le dijo Fran tajantemente.


***


Luismi de Moraes, era joyero de profesión. Su familia había tenido un establecimiento en la capital durante muchos años. Dejó los estudios pronto y fue obligado a trabajar en el taller desde que cumplió los dieciséis años. Ese fue el regalo de su padre. Tú serás la quinta generación de joyeros de la familia Moraes, le dijo. Luismi, al que no le gustaba mucho el colegio, aceptó el reto, pero siempre pensando que ese no sería su destino, que ese no sería su futuro. En cuanto la vida le brindara una oportunidad, dejaría el oficio, pensaba. Y la vida se la brindó. ¡Vaya si se la brindó! Cuando empezó la guerra, las cosas empezaron a ir mal. La gente no compraba alhajas, ni anillos, ni collares, ni pulseras, ni siquiera relojes, ni nada que no sirviera para llevarse a la boca. El negocio se fue al garete en poco tiempo: seis meses después del Alzamiento cerraron. Así terminó la generación de joyeros de la familia Moraes, en la quinta, en la que tenía que ser la más gloriosa para gloria de su padre, así se acabó la dinastía del noble metal, así se le abrió a Luismi, la última generación de los Moraes, la oportunidad de hacer otro tipo de negocios, sus negocios.


Moraes era un tipo muy hábil. Intelectualmente estaba situado en el escalón que garantiza el éxito, en el escalón inmediatamente anterior al escalón donde se sitúa la mal llamada inteligencia, donde por desgracia casi siempre se pasa hambre. Él era de los listos, de ese grupo de personas que no pasan hambre, de los que no pasan penas, de los privilegiados, de los que siempre tienen una ocurrencia mejor, de los que se desenvuelven con soltura en cualquier lugar. Hizo amigos para sus fines, para sus propios y lucrativos fines. Pronto consiguió, sin necesidad de afiliarse, sin necesidad de coger armas, sin necesidad de pisar el frente, moverse como pez en el agua entre falangistas y franquistas, entre camisas azules y “salvapatrias”. Pronto consiguió subir peldaños, escalar en la administración, colocarse, en definitiva, como Gobernador Civil de la capital. Y en ese cargo estuvo hasta el final de la guerra, casi tres años, momento en el que fue sustituido, se supone, por otro más listo que él, por otro con más “enchufes”, por otro más moldeable, por otro más asentado en la escalera de la sabiduría. Y ahora había reaparecido, le habían nombrado alcalde de un pequeño pueblo de la sierra, nada comparable a los cargos que había detentado anteriormente, pero, menos da una piedra, por lo menos tenía un sueldo fijo y una población para gobernar y, por supuesto, un montón de tierras a su disposición, a su entera disposición.


Había llegado al pueblo dos días antes. Había conocido al secretario, al boticario y al maestro, los tres personajes, junto con el cura y el médico, más influyentes de la localidad, de ésta y de cualquier pequeña localidad rural del país. Había conocido a tres individuos que desde que conocieron el nombramiento de Moraes como alcalde habían decidido hacerle la pelota, convertirse en amigos íntimos suyos, hacerle partícipe de los campos de poder del lugar, compartir con él su territorio. Pero él los conocía, sin saber quiénes eran, sin haberlos visto nunca, en los cargos que había estado anteriormente también había secretarios, boticarios y maestros, también médicos y curas, muchos curas, en mayor o menor medida manipuladores, en igual o superior escalafón, señoritos de toda la vida, o no, que regían los destinos de las localidades que habitaban. Desde la Desarmotización de Mendizabal no había pueblo en el que tres o cuatro personas, los más preparados, los mejor colocados, los más hábiles, los más ricos, los más sinvergüenzas, gobernaran en la sombra los destinos de las cientos de dehesas boyales. Esa era la triste realidad, la que Moraes iba a encontrarse. Y lo sabía. Porque le había costado mucho conocer los entresijos del poder y aunque ahora le hubieran relegado a un cargo menor, los perros son los mismos en todos los lados. Cambian los collares, los perros nunca. Unos son más perros que otros, pero siempre tienen hambre.


octubre 31, 2006

5.- LA NOTA.


Hay palabras que sólo deberían servir una vez.
René de Chateaubriand.

Una palabra hiere más profundamente que una espada.
Robert Burton





Diez días habían pasado ya desde que Pablo llegó a la casa de Fran y Rosa en aquella madrugada. Diez días enteros de recuerdos. Diez días de agradable y obligado encierro en los que contó mil y una anécdotas, en los que relató las desgracias que le habían tocado vivir durante la guerra, en los que contó la muerte de amigos ganados a la soledad de una trinchera, amigos para toda una vida si hubieran sobrevivido, en los que enseñó y lloró a sus hospitalarios amigos sus sentimientos cuando las balas silbaban alrededor de su cabeza mientras esperaba que una lo callara para siempre. Diez días que sirvieron para que liberara parte de su ansiedad y sus silencios.


Durante esos años pudo comprobar que a la vez que menguaba el peso de su cuerpo por la frenética actividad del frente él se hacía más fuerte. Era un contrasentido. Perdía peso y ganaba en fortaleza interior. La frialdad se había ido apoderando poco a poco de él. Sabía que estaba matando inocentes, como él. Sabía que con cada disparo que fuera certero alguien como él, al que el destino hubiera llevado al otro bando, moriría y dejaría sin hijo a una buena madre o sin padre a una buena familia. Al principio le remordía la conciencia: ¿a quién habré matado? ¿Por qué se puso allí? ¿Qué culpa tenía ese pobre infeliz? Más adelante empezó a sentir que era necesario, que era obligatorio matar a los del otro bando. La transformación se hizo palpable con el paso del tiempo. Cuantos más días pasaban y se percibía que la guerra se estaba perdiendo, más necesario se le hacía matar. Cada metro ganado por los sublevados era un pellizco para su corazón. Cada kilómetro ganado por los nacionales acrecentaba su odio, un odio que le acompañaría para siempre.


Rosa y, sobre todo, Fran habían escuchado con avidez durante esos diez días las vivencias y desventuras de Pablo, como si ellos durante ese tiempo hubieran sido felices, como si ellos no hubieran sufrido tanto o más que él, como si no hubieran vivido la guerra y en la guerra. Escuchaban y escuchaban sin parar, sin interrumpir casi nunca las alocuciones de su amigo al que creyeron muerto y que de pronto apareció en sus vidas como un fantasma, como alguien que ya no existía, como alguien que nunca podía aparecer. Tenía derecho a contar lo que quisiera –pensaba Fran-, se lo ha ganado.


Pablo estuvo preso. No acabaron con él en el Jarama, como presuponía Fran. Fue herido en el campo de batalla y hecho prisionero. Primero le llevaron a un campo de concentración, de los muchos que existieron en la guerra, y después al Penal de Burgos, a la denominada Prisión Central, tristemente famosa por las cartas de “libertad” que otorgaba la Dirección a sus presos políticos. Libertad era igual a muerte. Si a alguien le daban la libertad, si a alguien le estampillaban en su ficha de presidiario el sello de tinta roja con la palabra libertad le estaban dando muerte, tenía sus días contados, tenía las horas contadas. Aunque el liberado no lo supiera todavía, a la puerta de la Prisión le esperaría una pandilla de justicieros, una pandilla de asesinos, una pandilla de falangistas que le darían “paseíllo”. Un disparo por la espalda era el final, esa era la libertad. Después, con los años, cuando todo se hubiera calmado relativamente, cuando hubiera vencedores y vencidos, cuando las aguas estuvieran calmadas, y las desconsoladas viudas, hijas, hermanas, madres, abuelas, tías o sobrinas preguntaran por la suerte del asesinado, el Estado, cuan Pilatos, se lavaría las manos manchadas de sangre inocente, y alegaría en su cínica defensa que liberaron al reo y que de puertas afuera de la Prisión ya no podían hacerse cargo de nadie. Sí, liberaban a los reos, pero los liberaban de vida.


Pero Pablo tuvo suerte. Pablo consiguió escapar después de muchas e incontables vicisitudes. Cuando le hicieron prisionero, le tuvieron casi un mes en el campo de concentración, prácticamente sin comida y sin bebida. Allí vio cómo fusilaban a muchos de los que, por decirlo así, lo habitaban. De diez en diez, de veinte en veinte… daba igual. No había sitio para todos. Cada día llegaban cientos de milicianos, muchos de ellos heridos, otros casi muertos. De alguna manera consiguió sobrevivir al cautiverio, de alguna manera consiguió que no eligieran su espalda como blanco de las asesinas balas nacionales.


Sin embargo, en Burgos le fue peor, bastante peor, porque el invierno se inventó allí. Les llevaron en tren, a los que quedaron vivos, en un viejo mercancías para transporte de ganado preparado al efecto. Más bien sin preparar porque seguro que el ganado había viajado antes que ellos mucho más confortable: apiñados en el vagón y sin espacio para sentarse, mezclados con excrementos y orín, con sudor y heno. Todavía, cuando bajan las temperaturas, su cuerpo le recuerda el martirio del Penal. Sus huesos quedaron marcados para siempre. Les sacaban, en pleno invierno, a un patio lleno de nieve donde sus pies parecían gangrenarse por momentos. Tampoco fue juzgado. O sí. Fue llevado ante un Tribunal Militar de Urgencia, como le llamaban, y, tras una parodia absurda, fue condenado a veinte años y un día por adhesión a la rebelión. Pablo nunca entendió cómo los rebeldes podían condenarle por unirse a la rebelión. Era un contrasentido, era una desfachatez: Los rebeldes eran ellos, él sólo cumplía con su deber.


Un día de frío invierno se produjo un motín en la cárcel. Cientos y cientos de prisioneros huyendo en desbandada por el gélido campo burgalés, que se tiñó rápidamente de rojo. El blanco de la nieve se fundía con el rojo de la sangre derramada para adornar la triste e implacable cacería. Los nacionales disparaban sin mirar, y también mirando y apuntando, a todo lo que se movía y, precisamente eso, fue lo que le salvó. Pablo no se movió. Permaneció inerte. En su desesperada huida, cayó en una zanja golpeándose la cabeza con una piedra. Perdió el conocimiento y le dieron por muerto. Cuando despertó, al amanecer, casi helado por las bajas temperaturas de la noche castellana, sin tiempo para que los cadáveres fueran primero recogidos como si fuera basura y después tirados a una fosa común, no paró de correr en cinco días. Nunca volvió a su agrupación. Nunca volvió a ver a sus compañeros, si es que sobrevivió alguno. Huyó hacia el Norte, donde se incorporó a otro batallón…


***


De repente Rosa parecía haber enfermado. Irrumpió en el comedor súbitamente interrumpiendo la feliz y tranquila holgazanería de sus compañeros de encierro. Su cara pálida, casi azul, denotaba que algo extraño le había ocurrido. Traía un papel en la mano y las palabras no salían de su boca. Extendió su brazo hacia Fran, que permanecía recostado en el viejo sofá junto a Pablo, y le dijo temblorosamente, mientras le entregaba el documento: ¡Lo han echado por debajo de la puerta!


Sabemos quiénes sois. Tenéis asegurado matarile. Nadie se esconde sin nuestro permiso. Eso era todo lo que decía, eso era todo lo que escrito a máquina aparecía ante sus ojos en un papel de rayas arrancado a una libreta, eso era lo que hizo temblar a los miembros de la casa, aquella podía ser su sentencia de muerte. Aquellas palabras les señalaban como los primeros de una lista ya interminable. Los habían descubierto, parecía claro, y tarde o temprano, más bien temprano, acabarían con ellos. El miedo se hizo insuperable y Fran, de pronto, rompió el silencio: ¡Nos tenemos que ir, ahora!, dijo mientras buscaba una respuesta en las caras de Rosa y Pablo.



- Espera. Piensa un poco. A lo mejor es una trampa… - dijo Rosa intentando calmar a Fran y ofreciendo un poco de cordura -. Nadie sabe que estamos aquí, no hemos hablado nunca de nuestro pasado. Podrán sospechar de nosotros, pero nada más…
- La culpa es mía –dijo Pablo de pronto- Puede que me hayan seguido, puede que alguien me haya visto entrar en la casa y …
- ¡No digas tonterías! –interrumpió Fran- Si te hubieran seguido nos habrían enviado la nota hace nueve días. Llevas aquí diez días y hasta hoy no había pasado nada. Tarde o temprano tenía que ocurrir, era inevitable. Somos republicanos y eso es muy difícil de ocultar. Cualquiera podría sospechar algo, cualquiera. No salimos prácticamente de casa. Compramos casi a escondidas. Nadie viene a vernos nunca, no tenemos familia en el pueblo. Hasta yo hubiera sospechado de mí mismo – añadió muy seguro -.


Por unos instantes volvió la calma. La situación era muy difícil pero estaba claro que nadie había ido a por ellos todavía. ¿Tenían tiempo para huir? ¿Podrían salir del pueblo sin ser vistos? ¿Les esperaría agazapada la Guardia Civil en el camino? ¿Acaso era una trampa? ¿Sabían quiénes eran? Ninguna pregunta parecía tener una respuesta clara. También podía ser una falsa alarma. Alguien, con marchamo de patriota, sólo o en grupo, se podría estar dedicando a presionar de algún modo a los vecinos para que reaccionaran, para que saltara el “culpable”, podría estar intentando sacar al zorro de su guarida para luego darle caza. En estos días todo era posible. Aunque la represión estaba bastante organizada y controlada por los militares, este hecho no impidió que pistoleros falangistas descontrolados protagonizaran excesos de todo tipo. De todo tipo. No era extraño que algún patriota descerebrado, un “charolés” desbecerrado, un “flecha” en busca de méritos, un “balarrasa” con galones, quisiera ponerse una medalla a costa de las miles y miles de personas que a lo largo de la geografía nacional, por haber tenido una mínima relación con alguien del bando republicano, por tener un conocido que luchó para la República, por no poder esquivar su destino, permanecían escondidos por familiares o amigos en casas, pajares, cobertizos, sobrados y doblados, sin hacer nada en todo el día, esperando tan solo la ración de comida que a hurtadillas alguien pudiera llevarles.



4.- EL ENCIERRO - I -.


“¡Ay que larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros!
¡Esta cárcel, estos hierros
en que alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.”
Santa Teresa de Jesús.





Casi tres años habían pasado ya desde que me detuvieron. La locura se estaba apoderando de mi mente. Me encontraba exhausto por los acontecimientos de los últimos meses: se rumoreaba que era el final y que “el cabrón” estaba a punto de dejarnos para siempre, que nos iban a fusilar a todos antes de que falleciera. Sabía que iba a morir pronto, pero ignoraba cuál sería la forma. Ya no creía en nada ni en nadie. Nada era todo lo que había conseguido después de tantos años de lucha y ahora, que parecía que todo se iba a solucionar, que todo iba a terminar, me encontraba viejo y enfermo entre cuatro paredes y la única luz que percibía era la que entraba al amanecer, aproximadamente durante una hora, por el ventanuco de la celda. ¡Tantos años de lucha! ¿Para qué? ¿Para acabar encerrado como una alimaña? Ahora las puertas de mi vida se cerraban: O moría enfermo o delante de un pelotón de fusilamiento como el anarquista que entró en prisión unos meses antes que yo. Esas eran todas mis perspectivas de futuro. O, lo que es peor, me daban un paseo por el campo como a tantos miles desde que acabó la guerra, como a tantos a los que su familia nunca volverá a ver, como a tantos otros que están enterrados en fosas comunes por la geografía de este maldito país. No conocí las famosas “sacas”, por lo menos no directamente. Así las llamaban. Hacía tiempo, muchos años ya, que no se hacían, probablemente por la mirada y la presión internacional, si es que se podía llamar así a la presión que habían hecho durante años al régimen franquista esos países a los que denominaban civilizados. De noche, con alevosía, haciendo ruido, mucho ruido, demasiado ruido, entraba la guardia civil, abrían unas cuantas celdas y se llevaban al azar – erróneamente siempre pensé que era la suerte la que decidía el destino de los fusilados - a varios presos. Nunca se les volvía a ver. Los sacaban a la calle para darles el último paseo. Ahora, sin embargo, los milicianos y los delincuentes comunes habíamos pasado a un segundo plano. Estaban más preocupados por los vascos, esos que habían formado un grupo terrorista y que volaban con dinamita lo que se les ponía por delante o que disparaban a bocajarro a la Guardia Civil. Los presos de guerra y sobretodo los comunes parecíamos adornos dentro del sistema penitenciario. Nadie nos hacía caso. Nadie revisaba nuestras penas.


Me sentía viejo. Cada mañana sentía el dolor en todos y cada uno de mis huesos. Mi cuerpo parecía recomponerse poco a poco hasta encajar las piezas. La humedad de aquella habitación estaba consiguiendo lo que no habían conseguido los años de correrías y aventuras. Me dolía sobremanera la pierna, la que Rosita, mi Rosita, consiguió salvar con su amor. A pesar de todo, ahora estaba decidido: tenía que contar la historia, mi historia, la de mis sentimientos más profundos, la de los hechos que pudieron cambiar la historia o, cuando menos, parte de ella. Alguien tendría que saber el día de mañana qué es lo que ocurrió, por qué acabé entre estas paredes, por qué luchamos durante treinta y tantos años.


Quiero ser capaz algún día de esconder las cicatrices que me dejó tu ausencia. Las tengo por todo el cuerpo y lo peor es que hay ocasiones en que casi no logro tapar las de los brazos. Esas quedan a la vista de los demás que me preguntan sin rubor e insensatamente por las marcas del dolor, recordándome a todas horas quién soy, recordándome a cada minuto quién fui… Las heridas fueron muy profundas. Tú lo sabes. Tú y yo lo sabemos. A ver si soy capaz de sorprenderte, doquiera que estés, y llego hasta el lugar en el que me da igual lo que digan. Ahora tengo todo a mi favor. Por la mañana, el sol, su bendita luz me ayuda a sentirme vivo y mi mirada… mi mirada ya es distinta, limpia y clara. Desaparecen mis fantasmas y los tuyos, que también los tienes, durante un rato. No hay momento del día en el que no piense en ti: en tu dulzura, en la manera de quererme, en la forma de escuchar, en tu belleza sin parangón. No hay día en el que no te eche de menos.


Mi única compañía es la de Ramón. Llegó al penal hace diecinueve años. Le ingresaron para poco tiempo, eso decían. Pensaban que sería ajusticiado dentro de la cárcel, pero se equivocaron como llevan equivocándose casi cuarenta años. Ramón “el atravesao” le llamaban. Su pecado fue luchar en la guerra para los dos bandos, primero contra los nacionales y después contra los republicanos. Empezó la batalla de Teruel en el frente rojo. Por una de esas casualidades de la vida, cuando la cosa empezó a ponerse fea huyó a Francia y, aunque nadie sabe todavía cómo ni por qué, volvió a España, quizás buscando algo que hacer, quizás para encontrarse con su destino, y le incorporaron inmediatamente al bando nacional. Calló sobre su pasado. Ni una palabra. Le pusieron a pegar tiros contra la orilla que le había servido de refugio unos días atrás, contra sus compañeros, contra su propia vida. Cuando terminó la guerra, continuó la carrera militar: se reenganchó…, no había otra cosa mejor que hacer, hasta que le pillaron en el cincuenta y seis. Había llegado a ser teniente con una inmaculada hoja de servicios, era un héroe de guerra. Durante diecisiete años nadie sospechó que el voluntarioso y bien mandado Ramón García había matado tantos soldados en un bando como en otro. Había conseguido engañar a todos. A todos menos a él mismo que siempre creyó estar haciendo lo conveniente. Era de los pocos presos, junto a mí, que habían participado directamente en la contienda que quedaban en las cárceles franquistas. La mayor parte de ellos habían sido liberados después de cumplir una larga condena o fusilados sumariamente. Ahora, las cárceles estaban llenan de los nuevos “presos políticos”: activistas sindicales, comunistas reaccionarios y personalidades, en general, de izquierda con tendencias demócratas. ¡Demócratas, qué ironía! Algunos por asumir su responsabilidad en las publicaciones clandestinas antifranquistas, otros por ser sospechosos de ejercer el socialismo, otros… Pero Ramón no tenía fecha de salida. Aunque no hablaba del tema, desconocía cuál era la duración de su condena. Tengo la impresión de que nunca fue juzgado.


Decidieron traerle aquí, con la vana esperanza de que su estancia en prisión sería mínima. ”No durará ni un mes” decían los que le habían llevado. Sospechaban que las facciones más radicales y revolucionarias acabarían con su vida por traidor, por matar a los hermanos y familiares de los que compartían plato con él en el frío comedor. Una navajazo a traición, un linchamiento a oscuras, eso era lo que esperaban para él. Pero las cárceles estaban llenas de poetas. Con perfil subversivo y revolucionario, pero poetas. Era el único que no estaba en la cárcel por sus ideas políticas. No las tenía. El “atravesao” había nacido para obedecer, ese era su único pecado. Por eso sobrevivió, en la guerra y en la cárcel. Por eso nadie acabó con su vida. Ramón era simple. Ramón se limitó a seguir las consignas de quienes le mandaban. Aunque su mote devenía de su “hazaña” por haber conseguido atravesar de un bando a otro en plena batalla y luchar para los dos bandos sin que nadie se diera cuenta, perfectamente podía haberse referido a su carácter. Ramón era un personaje singular y, aunque pareciera extraño, no había atisbo de maldad en su mente. Le encerraron y obedeció, como siempre. Ni siquiera llegó a plantearse los porqués. Le trajeron aquí y, así lo creía yo, le pareció bien.


***


Nunca lloré por ella. Nunca la presté mucha atención. Nunca pensé en ella como el báculo de mi vejez. Tampoco nunca imaginé lo que vendría después. Viví la vida en presente, sin tiempo para el futuro. Creí que siempre iba a estar bien: pensar en el mañana era cosa de otros, de los que pasaban hambre, de la gente normal y corriente, no de los elegidos. Yo me sentía distinto, controlaba todo a cada momento y nunca pensé que llegaría a viejo y acabaría mis días en una prisión. Ahora, en la soledad, en mi maldita soledad, la extraño como a nadie. Sólo mi madre, a la que no correspondí con suficiente fuerza durante su vida, hizo aflorar en mí sentimientos parecidos.


Y estoy pagando la osadía. Algunas noches me despierto sobresaltado y con la cara mojada. Creo que lloro en sueños. O en pesadillas porque no sé lo que son. El desasosiego que siento no tiene comparación con nada. Mi desventura parece ser el precio que tengo que pagar por mi necedad. Entonces sí estoy en una cárcel, pero dentro de mi cuerpo. Siento como mi alma, a pesar de no haber creído ni en ella ni en Dios nunca, me aprieta y me ahoga. Ramón duerme a pierna suelta, él no tiene remordimientos, ni recuerdos, ni otra vida como yo. Algo en su cerebro le permite ser feliz con lo que tiene. ¿Podría borrar mis recuerdos? ¿Acaso el hombre está condenado a vivir con su memoria eternamente?


Ahora creo que tú lo que buscabas era la felicidad, pero equivocaste el lugar donde encontrarla. No existe la felicidad. Existen los momentos felices y, desgraciadamente, son muy pocos a lo largo de una vida. Por lo menos a lo largo de una vida como la mía. Y tú, cariño mío, buscabas lo que no existe y así no se encuentra nada. Si hubieras dedicado tu vida a otro… Si hubieras puesto todo el empeño en algo que fuera, cuando menos, humano… Si no me hubieran herido… Si me hubieran matado cuando me correspondía… Tendría que haber intuido cuánto amabas, cuánto querías. Lo tendría que haber intuido para cambiar también mi destino. ¿Se puede cambiar el destino? Pero estuve ciego, toda mi vida. Ahora, desde esta cárcel en que se está convirtiendo mi propio cuerpo, veo que te amé, siempre.




junio 14, 2006

3.- LA VISITA





Sin esperanza se encuentra lo inesperado.
Heráclito de Efeso.



Pronto se iba a cumplir un año desde que las fuerzas nacionalistas ocuparan Madrid. Días más tarde finalizaría la guerra con la proclamación de la victoria. Desde entonces, la reconstrucción del país había sido la consigna principal del nuevo Gobierno de Franco. Pero el empeño nacional se dirigía hacia los lugares más castigados por las bombas, principalmente los grandes núcleos de población donde las obras eran mucho más agradecidas a la mirada propagandística de los corresponsales extranjeros. En la mayoría de las pequeñas aldeas rurales no había habido destrucción física. Abandono y pobreza sí. Hambruna y fusilamientos también, quizás en mayores proporciones.


A la luz de un candil, Rosa y Fran terminaban de cenar la reconfortante sopa de garbanzos. La noche era generalmente muy larga y no había quehaceres. Fran rasgaba las cuerdas de su vieja guitarra de manera suave para no ser oído desde el exterior. Rosita escuchaba atentamente las prohibidas canciones que susurraba y le acompañaba de vez en cuando mientras remendaba una arrugada camisa de algodón blanca. La tranquilidad y el silencio eran compañeros habituales desde el atardecer. De pronto ambos se sobresaltaron: Alguien estaba llamando a la puerta. ¿Quién podía ser? Nadie se atrevía a salir de noche, nadie que fuera cabal.


Volvió a sonar la puerta, alguien la golpeaba sigilosamente pero con insistencia. Por fin Rosa, después de calmar a Fran, convencido que venían a por él para darle el paseíllo nocturno como a otros muchos del pueblo y sus alrededores, se decidió a abrir. La sorpresa fue mayúscula. En un primer instante no reconoció a aquel hombre. No le había visto nunca, pero pronto cayó en la cuenta, tenía que ser él: aquel tipo que se aparecía ante su puerta le era muy familiar, había oído infinidad de historias sobre él, le habían descrito físicamente muchas veces en su presencia, aunque lo imaginaba más gordo y con el pelo más corto. Aquel individuo debía ser Pablo, mucho más delgado, con grandes ojeras y el pelo muy largo, excesivamente largo y sucio. Debía ser el amigo del alma de Fran, alguien que había vivido con él parte de su vida y al que se daba por muerto.


Rosa le hizo pasar rápidamente y cerró con llave la puerta, avisando a Fran de la inesperada visita nocturna. Desde hacía tres años, por lo menos, no se habían vuelto a ver. La última vez que tuvo noticias suyas fue en el frente, a finales del treinta y siete, en la terrible batalla de Teruel en la que un miliciano que había pertenecido a su cuadrilla le contó que Pablo había sido abatido en el Jarama a principios de ese mismo año. Pertenecía a una agrupación de combate bajo el mando del Coronel Eliseo Chorda y desapareció entre el humo de las bombas. Ninguno de los soldados que componía su brigada había sobrevivido a ese ataque. Eso creían hasta hoy.


Cuando Pablo entró en el pequeño comedor, Fran saltó del sillón sobresaltado, cayendo su querida guitarra al suelo. No se lo podía creer: frente a él se encontraba su pasado, alguien que había desaparecido de su vida para siempre, alguien que ya no existía. Ambos se fundieron en un fuerte abrazo y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas de forma abundante. Durante varios minutos no se escuchó una sola palabra. Durante un largo rato sólo los gemidos interrumpían el silencio. Aquellos dos individuos parecían uno, fundidos, agarrados, asidos de nuevo a la vida. Rosa contemplaba estupefacta el panorama. Había vivido muchas horas de dichas y desdichas con Fran y nunca le había visto así, ni en los peores momentos.


- Pero ¿de dónde sales? No es posible. Te creía muerto – dijo Fran mientras se secaba las lágrimas de su cara -.
- Pues ya ves que no. Vivo de milagro, pero vivo. –contestó Pablo socarronamente-.
- Estás mucho más flaco y tienes una “pinta que da asco” – dijo de nuevo Fran mientras observaba de pies a cabeza a su amigo -.
- Joder, ¿qué pinta quieres que tenga? Desde que acabó la guerra he vivido en el monte. Un día aquí, otro allá…
- Entonces... ¿Por qué no has venido antes? ¿No has podido venir antes? – preguntó con insistencia Fran-.
- ¡Imposible! Permanecíamos todo el día escondidos. Casi nunca dormíamos en el mismo lugar. La Guardia Civil hace batidas por el campo casi a diario y …
- ¿Eres maqui? –preguntó Rosa de forma inocente interviniendo por primera vez en una conversación que no parecía para ella -.
- Supongo –contestó de forma segura Pablo -. Si los que lucharon por la República y viven en el monte como perros son maquis, yo soy uno de ellos.
- ¿Por qué dices “permanecemos”? ¿Quién más está contigo? –inquirió Fran de nuevo-.
- Ahora ya nadie. Estoy sólo –dijo Pablo con una voz que sonaba a derrota mientras dejaba caer el peso de su cuerpo sobre el viejo sillón de orejas -.
-¿Ahora? ¿A qué te refieres con “ahora” ? –preguntó Rosa intranquila -.
- Hasta ayer estabamos en el monte varios excombatientes, antiguos servidores de la República, soldados que no pueden regresar a sus hogares so pena de ser detenidos o fusilados o las dos cosas. A algunos no les conocéis, a otros sin embargo…
- ¿Quiénes son? ¿Quiénes son? – preguntó de nuevo Fran con insistencia e interrumpiendo a su querido amigo -.
- Carlos Balich, el Zorro, Kors Korrone y alguno más que no conocéis estaban conmigo hasta ayer… - dijo Pablo -.
- Y ¿dónde están ahora? ¿Se los ha tragado la tierra? – Volvió a preguntar Fran -.
- No lo sé. Han desaparecido. No estaban en el campamento. Fui a buscar víveres y cuando volví no estaban. Estaba todo revuelto y habían desaparecido. Todo hacía indicar que les habían sorprendido: la fogata había sido apagada de forma repentina porque los troncos aun no se habían consumido, algunas mantas tiradas por el suelo y restos de comida. ¡Ni siquiera les dio tiempo a terminar la comida! No sabía qué hacer y vine aquí. Supuse que estabas aquí; imaginé que si vivías todavía, aquí te encontraría. Si ya es duro tener que esconderse en el monte, imaginaos lo duro que debe ser estar sólo. Ya no aguantaba más y decidí arriesgarme y venir. No tenía nada que perder...


La contestación de Pablo consiguió que se hiciera el silencio en la habitación durante unos segundos, contestó como contestan los que se saben la lección de memoria, habló de la desgracia como sólo puede hablar el que ha comido y bebido de ella. Pero Fran no terminaba de entenderlo y continuó con el interrogatorio:


- Pero ¿qué hacíais por aquí? ¿Qué es lo que buscabais? – preguntó con mucha insistencia -.
- ¿Tenéis algo de comer? - interrumpió Pablo de repente -. Dadme algo, lo que sea, y os lo contaré. Estoy hambriento…


Rosa sacó de la olla unos cuantos garbanzos que tenía reservados para la comida del día siguiente y se los sirvió en un viejo y desconchado plato de porcelana. Pablo empezó a contar su rocambolesca historia:


- Llevo casi un año en el monte. No fueron capaces de matarme en la guerra y ahora, sin embargo, parezco un muerto viviente. En el monte se vive muy mal. Se pasa hambre y frío. Incluso hemos tenido que robar a gente humilde para sobrevivir. Todo es una pena, un auténtico desastre. La tragedia en que se ha convertido mi vida es insoportable. Nos persigue la Guardia Civil y hacemos lo que podemos. No sé nada de mi hermano. No sé nada de mi familia. No sé nada de nadie. No sé quién murió, quién ha conseguido sobrevivir,… sólo sé que así no merece la pena vivir, como un perro, peor que un perro. Ya no tengo prisa, no hay urgencias en mi vida, y, últimamente, lo único que deseaba es que me cogieran y me pegaran un tiro… hasta que nos enteramos de lo de la tumba.


Fran no pudo evitar la curiosidad e interrumpió el monólogo de Pablo para preguntarle de nuevo:


- ¿Qué pasa con la tumba? ¿Qué es eso? - inquirió a su amigo.


Pablo, terminando de comer el último bocado de aquellos garbanzos que había devorado con fruición le explicó:


- Cuando la guerra estaba a punto de terminar y viendo que ya no tenían nada que hacer, los republicanos se llevaron consigo del país todo lo que pudieron. Creo que el saqueo fue generalizado. Ni siquiera pensaron en el daño que estaban haciendo, sólo intuían que el futuro, ¡maldito futuro que para mí no existe ya!, iba a ser peor que el presente, un presente de hambre y fuego. Unos iban hacia Francia, otros hacia Portugal… pero hubo cosas que no se pudieron llevar, hubo enseres que no se podían transportar, bien por su tamaño, bien por su peso, bien por el miedo. El oro, por ejemplo, era demasiado pesado para transportarlo. Su peso hacía imposible el transporte a pie a otro país. Entonces, muchos de ellos escondieron parte de los bienes donde pudieron con la esperanza de recogerlos algún día… En el fondo de sus corazones creían que iban a volver, que todo duraría poco, que los países occidentales tarde o temprano intervendrían y que se restablecería la República con su democracia para el pueblo…


Fran volvió a interrumpir para preguntar qué tenía que ver eso con el pueblo donde vivían y donde no había habido batalla alguna. Pablo prosiguió con la explicación:


- A un sargento de la milicia que debía ser un sinvergüenza de tomo y lomo, que en su desesperada huida con parte de sus hombres hacia a Portugal pasaban cerca de aquí, no se le ocurrió otra cosa que esconder cien lingotes de oro republicanos que guardaban en custodia y que, estoy seguro, pensaba quedarse para sí. ¡Cien lingotes de maravilloso y pesado oro de veinticuatro quilates! Balich era el único que sabía o decía saber dónde encontrarlos. Se supone que, antes de partir con tan pesado equipaje y arriesgarse a que los detuvieran en la frontera con tan sospechoso bulto, escondieron el cargamento en un nicho del cementerio de este pueblo. Sacaron el cadáver de una persona e introdujeron en su lugar el oro, volviendo a colocar la lapida después. Eso es todo. Nosotros pretendíamos recuperarlo y largarnos a Francia o donde fuera...


Fran no daba credibilidad a lo que le contaba su amigo y dijo exaltado:


- ¡Osea, que en el cementerio de este “puto” pueblo hay un “jartón” de lingotes de oro escondidos, preparados para que alguien como yo lo desvalije y se dé la buena vida… y no hago otra cosa que comer almortas y otras guarrerías como si fuera pobre! ¡Mañana por la noche vacío todos los nichos y me “largo” con el oro! …


Pablo interrumpió a Fran y le exigió paciencia. Le convenció de que lo que pretendía era imposible. En el cementerio habría cientos de nichos. Tendrían que trazar un detallado plan para poder sacar el oro. Primero habría que averiguar, y eso sería lo más difícil, en qué nicho lo habían escondido y después transportar el pesado cargamento fuera del país, todo ello sin que nadie se diera cuenta. El mínimo error les llevaría al pelotón de fusilamiento y además habrían colaborado con la causa franquista, porque engrosarían sus arcas fascistas en cien maravillosos lingotes de oro de veinticuatro quilates.


Aquel razonamiento terminó por convencer a Fran, quién no se cansaba, no obstante, de preguntar:


- Entonces ¿por qué no ha vuelto el sargento a por los lingotes? ¿Es que es un sargento idiota? ¿Ninguno de sus hombres en todo este año ha tenido la tentación de volver a por el oro? ¿Por qué sabe Balich dónde está el oro?


Pablo, abrumado con tantas preguntas, le contestó finalmente:


- El sargento y sus hombres murieron. El régimen de Salazar, como tú sabes, colaboró y colabora con Franco. Si algún día pretendemos huir, tendremos que encaminarnos hacia Francia, nunca a Portugal. Al llegar a la frontera portuguesa, el sargento y sus hombres fueron, primero, devueltos a España y, después, fusilados de forma sumaria. Sólo uno consiguió escapar. No se fiaba del sargento porque le había estado fastidiando durante toda la guerra y, una noche, cuando todos dormían, antes de llegar a la frontera, se escapó. Ese hombre, el desertor, acabó haciéndose amigo íntimo de Balich. El destino los unió en el bosque. Compartieron vida y vivencias durante más de seis meses… pero enfermó de tuberculosis y murió. Durante la enfermedad, Balich se convirtió en su enfermero, en su amigo, en su única compañía. Poco podía imaginar la sorpresa que le esperaba, probablemente la mejor noticia que recibiría en su vida. Justo antes de expirar le dejó en herencia su secreto: Muy cerca de allí, del lugar en donde se encontraban y en el que muchos días no había nada de comer, habían sido escondidos cien lingotes de oro que esperaban ser recuperados de su cautiverio.



mayo 31, 2006

2.- LA REALIDAD




¡Oh! Guerrillero, quiero ir contigo.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
¡Oh! Guerrillero, quiero ir contigo
porque me siento aquí morir.
Y si yo caigo, en la guerrilla.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Y si yo caigo, en la guerrilla,
coge en tus manos mi fusil.



Aquella habitación tenía una sola cama con un colchón de plumas, sábanas blancas y una fría mesilla de hierro, sobre la que descansaba un paquete de picadura de tabaco y papel para su liado. Un obsoleto y cojo armario de madera guardaba en su interior la poca ropa de aquella extraña pareja y el viejo fusil que acompañó a Fran durante tanto tiempo.


Desde que terminó la guerra, las pesadillas habían sido algo común. Llegaban a ser tan duros los sueños que la fiebre parecía invadir todo su cuerpo, despertando siempre lleno de sudor y sobresaltado. La guerra le había hecho mucho daño, demasiado daño, más del que nadie nunca pudo imaginar. Ahora, además, no había comida. Cualquier cosa que se pudiera convertir en comestible era buena para hacer un caldo. Aquel 1.940 iba a ser el año más duro que jamás se había recordado. Se habían empezado a repartir tarjetas de racionamiento entre la población. Era totalmente imposible conseguir medicinas y los niños, sobre todo, sufrían una nueva y extraña enfermedad que les provocaba calambres, incontinencia de la orina y estómagos hinchados. Aunque no se conocían los datos todavía, ni se iban a conocer, estaba muriendo más gente ya por la hambruna que por la guerra.


- ¡Despierta, Fran, despierta! – le dijo mientras le empujaba suavemente y le ofrecía un vaso de agua en aquel recipiente metálico-.
- ¿Rosa?
- Otra vez estabas soñando…
- Joder, no era un sueño, esta vez me mataban… - dijo Fran mientras secaba con el brazo el sudor de su frente -.
- La guerra ya acabó. Todo se acabó. Ahora debes olvidar.
- Y ¿cómo quieres que olvide? ¿Acaso se puede olvidar lo que se ha vivido? ¿Crees que alguien es capaz de olvidar la muerte cuando ha visto su cara tantas veces?
- Lo tienes que intentar. Así no podemos vivir…
- Y ¿qué hago? ¿Tienes mejores perspectivas para mí? – dijo Fran incorporándose de la cama -.
- De momento no. Pero debes intentarlo. Estoy convencida que pronto saldremos de esta situación.


La situación después de una guerra siempre es mala, lógica y desgraciadamente mala, pero es peor para los que han estado de parte de los vencidos, de los que perdieron la guerra, de los que mientras el país sea gobernado por los otros tendrán, en la mayoría de las ocasiones, que permanecer escondidos, encerrados en sus casas u ocultos en el bosque, de los que morirán de hambre y frío, de los que pasarán mil y una calamidades.


- ¿Adónde vas? –preguntó Fran.
- A la plaza. Hoy llega un camión con víveres. Voy a ver qué traen y qué nos toca esta vez.
- ¡Almortas!, eso es lo único que nos toca. Con una cartilla de tercera o nos tocan almortas o nos tocan las castañuelas - dijo Fran irónicamente -.
- Los camiones no traen almortas, lo sabes bien…
- ¡Yo no como eso! ¡Ni eso, ni altramuces! Estoy convencido que los calambres los provocan esas vainas. Cuando no se comía esa “mierda” no había calambres.
- Supongo que traerán maíz... Dicen en el pueblo que han llegado algunos barcos cargados de maíz al puerto de Valencia.
- Y ¿qué hacemos con el maíz? ¿Palomitas?
- No. Se lo llevaré al molinero para que lo triture y lo convierta en harina para hacer “poleás”.
- ¿Qué es eso?
- Una especie de torta que hacía mi madre con harina. Por lo menos comeremos algo bueno…
- ¿Es que no se puede hacer pan con el maíz?
- Sí, pero sabes de sobra que es muy malo. No tiene miga y se pone “duro” enseguida. Mejor hago yo las “poleás”. – Dijo Rosa mientras se ponía un desgastado abrigo de franela-.
- Vuelve pronto. –dijo Fran mientras comenzaba a liar un cigarro con la picadura que se encontraba en la mesilla.
- Hasta luego.



Rosita, como siempre la habían llamado sus compañeras, era toda vitalidad. Durante los últimos meses de la guerra había curado en aquel improvisado hospital de campaña las heridas de metralla de la pierna y el estómago de Fran. Reclutada por el Frente Popular como enfermera a finales del treinta y siete, había estado siempre en la retaguardia. Había curado todo tipo de heridas y había serrado y cosido las piernas y los brazos de los soldados caídos en la batalla. Pero desde el día que llegó Fran herido no se habían separado un solo instante. Gracias a ella y a sus cuidados salvó la pierna y parte de su alma.


Cerró con suavidad la parte superior de la vieja y desgastada puerta de madera de la casa y se dirigió a la plaza, lugar al que llegaban habitualmente los camiones que traían los víveres al pueblo desde que acabó la contienda. Desde el Ayuntamiento avisaban de la llegada con un día de anticipación y, aunque no se sabía qué era lo que traía cada vez, el reparto se hacía siempre por el grado de la cartilla que tenía cada cual. Con un andar pausado, en el trayecto saludó tímidamente al boticario y a la mujer del viejo carpintero. Ahora ya nunca tenía prisa. Había estado toda la guerra corriendo de un lado para otro, curando enfermos día y noche y trabajando más de dieciocho horas al día. Durante dos largos años sólo había parado para comer y dormir y, a veces, ni siquiera para eso. Y sin embargo ya no tenía prisa. A veces pensaba que había corrido todo lo que tenía que correr en la vida, pero la verdad es que no había nada que hacer. Además, Fran no salía casi nunca de casa. Aunque en el pueblo nadie le había reconocido, tampoco era aconsejable que saliera para evitar que alguien pudiera descubrir su pasado como miliciano. Así las cosas, no tenía nada que hacer. Iba esporádicamente a buscar algo para comer al bosque, aunque no era del todo seguro por la presencia de maquis en los alrededores, y ayudaba al recién llegado médico a atender a los enfermos en la consulta que se había instalado de forma provisional en una de las dependencias del Ayuntamiento, aunque sacaba únicamente el equivalente al jornal de una hora de trabajo diaria.


Cuando llegó a la plaza, su corazón dio un tremendo vuelco. Allí estaba el viejo “Avia” que traía los víveres con las lonas quitadas y totalmente vacío. Llegaba tarde. ¿Cómo había podido ocurrir? ¿Qué comerían ahora? Habían repartido todo. Absolutamente desazonada dio media vuelta y comenzó a andar con la cabeza agachada mientras recordaba y entendía la sonrisa burlona de la mujer del viejo carpintero. Ella sabía que habían repartido los alimentos y, sin embargo, no le dijo nada, se limitó a sonreír. ¿Qué gracia podía tener aquello? ¿Quién puede reírse del hambre?


De repente, alguien llamó su atención. Era un joven soldado al que por su fortaleza le empezaron a llamar en el pueblo “el bellota”. Siempre venía con el camión. Estaba destinado en abastos e iba repartiendo comida por los pueblos de la comarca. Se había convertido en habitual y los lugareños le habían cogido cariño.



- ¡Rosa, Rosa! ¡Toma lo tuyo! - gritó fuertemente mientras corría hacia ella extendiendo su mano -.
- ¿Bellota? ¿Qué es eso? – dijo Rosa sorprendida -.
- Tu ración. Un poco de maíz y un kilo de garbanzos. Vi que no llegabas y te lo guardé.
- Muchísimas gracias, no sé cómo podré agradecértelo - dijo Rosa mientras se le escapaba una lágrima por la mejilla -.
- No me tienes que agradecer nada. ¡Es mi trabajo! - dijo Bellota con cara de absoluta satisfacción -.
- Ya, pero te has acordado de mí...
- Es que siempre me has parecido muy buena persona y las buenas personas también tienen derecho a comer.
- Muchas gracias
- No hay de qué. ¡Cuídate que estás más flaca! –dijo Bellota mientras se despedía con un recio saludo militar-


Ahora el alivio se había apoderado de su cuerpo y el dolor que oprimía su pecho, cada vez más frecuente, cada vez de mayor duración, había desaparecido por completo. Todavía quedaba gente buena a pesar de los tiempos que corrían.







Continuará...

mayo 29, 2006

1.- EL SUEÑO




Veo de nuevo la pared:
Un ladrillo, dos ladrillos, cien…
Quito uno a uno..
¡No puedo!, Siempre hay más.
Vuelve a crecer.




Las tropas de Líster estaban de nuevo preparadas, o por lo menos eso nos decían. Sólo se hablaba del éxito de Gandesa y de la captura de miles de prisioneros a finales del mes de julio. Y yo, que no había tenido más miedo en toda mi vida, permanecía recostado en la trinchera con el fusil en el hombro. ¿Tanto sacrifico para qué? Llevábamos más de dos meses pegando tiros a diestro y siniestro. Y ellos… ellos parecían más organizados, estaban más organizados. Por la noche se oían sus cantos en forma de arengas que no hacían más que desmoralizarnos, por lo menos a mí. ¡Nos habían engañado! Nos habían dicho que a partir de esta batalla íbamos a recuperar el terreno perdido, que los rusos ahora sí nos apoyaban y que nos iban a mandar munición y armamento a destajo, que el General Franco y todos esos hijos de puta no tendrían nada que hacer, que íbamos a recuperar el control, que la clave de la victoria estaba en el Ebro, en el maldito Ebro. ¡Mentiras! ¡Sólo mentiras!


Ellos debían estar más preparados. Habían recuperado Teruel y habían dividido la zona republicana en dos con la toma de Castellón. Nos habían contado que en el río les íbamos a dar su merecido y que el triunfo sería épico, que no tenían nada que hacer, pero la triste y dura verdad es que su artillería nos estaba masacrando. Dos meses en la trinchera y comiendo basura: una lata de conserva caducada era un tesoro para cualquiera de nosotros. El sonido de los cañones no salía de mi cabeza. Había visto morir a muchos de mis compañeros, a casi todos los amigos que había hecho durante los dos años ininterrumpidos e interminables de guerra. ¿Cuánta gente habría muerto ya desde el 18 de julio? El ambiente olía a muerte, el aire estaba infestado. Todo apestaba a cloaca. Los cadáveres de los caídos se estaban pudriendo entre sus líneas y las nuestras, en tierra de nadie. Sólo en una cosa estábamos de acuerdo ambas partes: en los pocos momentos en que no había lucha, nos dedicábamos a disparar a los perros y a los buitres que acudían a comerse a nuestros fallecidos combatientes. Aun así, había casi más animales que personas. O, cuando menos, eso me parecía a mí.



Otra vez estaba temblando, la señal había sido dada desde nuestro mando. ¡Por qué tanto empeño en atacar y llevar la iniciativa si estaba claro que éramos menos y estábamos perdidos! Cuando no nos bombardeaban los alemanes con sus modernos aviones, la artillería nos masacraba durante horas. Por lo menos yo tenía suerte: no iba a morir ahogado, como muchos. Mi puesto estaba en las trincheras. En primera línea, sí, pero en una cómoda trinchera. Me podrían volar la cabeza de un disparo pero, si así ocurriese, mi consuelo era el imaginar que no me enteraría de nada. Un disparo certero me separaba de otra vida mejor. Los nuestros saltarán al río de nuevo. Nueva masacre republicana, seguro. La otra noche, cuando cientos de milicianos se disponían a arribar a la otra orilla, un torrente de agua se los llevó para siempre. Arrasó con los pontones de madera, las barcas y los soldados. Los nacionales habían abierto la presa y los habían pillado desprevenidos. Todavía retumban en mi cabeza los sonidos, el dolor de mis compañeros heridos y los gritos de auxilio de los que se iban a ahogar. ¡Ni los lobos hambrientos aúllan así!


También tenía frío, ese debía ser el frío de la muerte. Porque al lado de la muerte lo único que siente es frío. Los augurios no podían ser peores: Escaseaba la comida, no nos bañábamos desde hacía semanas a pesar de estar al lado del río más caudaloso de la península y ya tenía escaras en las piernas por la falta de higiene y el daño que producían aquellas botas de media caña que debían haber comprado por su precio, nunca por su comodidad. Teníamos órdenes de preservar la munición: tiro echo, soldado muerto. Esa era la orden. Y ¿cómo pretendían que acertara a la primera si no veía a un solo soldado enemigo? Les intuía, pero no los veía. Les oía cantar, pero no los veía. Sentía sus disparos, pero no los veía.


Ahora me acuerdo, sobre todo, de mi madre. Fran, abrígate, no vayas a ponerte malo. Mira que en el frente tiene que hacer mucho frío. ¡Qué ilusa! Si supiera todo lo que he pasado. En el frente hace frío, pero es el frío de la muerte. Un frío indescriptible. Antes de salir, aun sabiendo que yo era poco creyente, me entregó la medalla de oro del abuelo. Te protegerá, me dijo dulcemente, como sólo una madre es capaz de decir las cosas a un hijo. Ahora sería capaz de venderla por comida de la buena, aunque mi abuelo se revolviera en su tumba y me dieran un tiro a bocajarro luego.


Empiezan otra vez los disparos. Cañonazos y cañonazos por todos lados. Vienen de nuevo los aviones, la Legión Cóndor, los alemanes. Parece que esta vez va en serio. Nos esperaban para contraatacar. El ruido es infernal y, aunque de noche, hay mucha luz provocada por las bombas al estallar. ¡Dios mío! ¡Vienen a por mí! Por la ladera suben cientos de soldados. Los que han cruzado el río han sido ellos. He dado a uno. Ha caído otro. ¡Hay más! A ese le he dado en la pierna. Joder, ¡no puedo! ¡Vienen a cientos! Es el final.


Continuará...